Todo tiene un Propósito
Todo lo que hacemos y diseñamos tiene un propósito. Nuestras ideas buscan resolver una necesidad o cumplir una función. El propósito ayuda al proceso de diseño y determina cómo se desarrolla la solución. Todo diseño funcional debe responder a una necesidad, para que lo que diseñemos se pueda usar bien. Por eso el propósito y la función van de la mano con el diseño: lo que diseñamos no solo se ve bien, también tiene razón de ser.
El propósito ayuda a tomar decisiones durante el proceso de
diseño. Antes de diseñar algo, hay que saber para qué se necesita y qué quieres
lograr. A partir de ese propósito se elige la forma, el tamaño y los materiales
del diseño. Por ejemplo, al diseñar una silla, su uso de servir para sentarse influye en su altura,
forma y materiales. Así se ve que las características de un diseño
no aparecen por aparecer, sino que responden a una función específica.
La funcionalidad permite que lo que diseñamos cumpla
correctamente con la necesidad para la que fue creado. En la arquitectura, los
espacios se diseñan pensando en el uso que se hará de ellos. Una cocina
necesita un espacio que facilite cocinar, mientras que un salón de clases debe
permitir que los estudiantes y el profesor realicen sus actividades. De la misma manera, los
objetos, edificios y espacios que usamos cada día tienen características que
responden a su función. Por eso, un diseño funcional no solo debe ser
visualmente bonito, también debe facilitar y cumplir la actividad para la
que fue pensado.
Para terminar, todo lo que diseñamos tiene un propósito y busca cumplir una función determinada. El propósito ayuda nuestras decisiones y la funcionalidad hace que el resultado ayude a la necesidad para la que fue creado. Desde un objeto pequeño hasta una estructura grande, cada objeto tiene una razón que explica su forma y tamaño. Por eso, diseñar no es solo crear algo con una apariencia, sino crear algo con intención, propósito y función.
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